martes, 8 de mayo de 2012

José I: Una nueva esperanza


Después de una interminable noche dando vueltas alrededor de la tienda, sin poder entrar, escuchando los gritos de dolor de su amada; después de comerse absolutamente todas las uñas tratando de mantener la compostura ante el hecho tan maravilloso y a la vez tenso y doloroso, parecía que el milagro se había consumado. La noche de gemidos lastimosos, de gritos de congoja, las instrucciones que las criadas y el resto de las mujeres se daban unas a otras dentro de la tienda y sus hijos, amigos y criados que le hablaban para tranquilizarlo, se había hecho larguísima, casi interminable. 

Pero ya había terminado, los gritos, los comentarios y las órdenes se habían acabado. Y en su lugar, a través de las telas que formaban su hogar, rompió el silencio el dulce sonido del llanto desconsolado de un recién nacido. El dolor, la impaciencia, la espera se esfumaba, se abría paso la vida, la esperanza, el futuro más prometedor.

Cualquiera diría que aquella era la primera vez que Jacob esperaba un hijo. Pero no. Aquella era nada más y nada menos que la decimosegunda vez que pasaba horas en espera de la noticia de que todo había salido bien, y que tanto la madre como el pequeño se encontraban bien. 

Pero esta vez era diferente, muy diferente.

Jacob había salido huyendo de su casa perseguido por su hermano mellizo. Le había robado la bendición de su padre engañando a su anciano progenitor aprovechando su ceguera. La bendición era vital porque, aunque ahora tuviera que salir huyendo, las promesas tan grandes que había recibido su padre y su abuelo, serían para él, y no para su hermano, quien por haber nacido antes, las merecía.

Había recorrido cientos de kilómetros en su huída hasta llegar a la casa de su tío Labán, el hermano de su madre Rebeca. Allí vivían desde entonces. Jacob se había enamorado de Raquel, la hija menor de Labán, y le había propuesto a su padre casarse con ella a cambio de 7 años trabajando para él. Pero en la boda, el vino había tenido su pernicioso efecto en el joven, y el padre le engañó para meter en su lecho y en su vida la hermana mayor, Lea. Cuando Jacob vio su poco agraciado rostro al despertarse la mañana siguiente, y descubrir lo que había pasado, se enfadó, con razón, con su suegro. Así que le tocó trabajar otros 7 años más por Raquel, su amada.

Lea había dado 6 hijos y una hija a Jacob y su esclava Dina le había dado otros 2. De la esclava de Raquel, Jacob había obtenido 2 hijos más. Pero el amor de su vida no lograba concebir. Habían pasado ya muchos años y nunca se había quedado embarazada, nunca había conseguido dar un hijo a su marido, y esto la frustraba. Ella le amaba y deseaba más que nada darle hijos, aún sabiendo que su marido la seguiría amando y apreciando.

Y al fin, el milagro se había hecho realidad. Raquel se quedó embarazada, y se la volvió a ver resplandeciente de felicidad, y Jacob era feliz si su amada lo era. Si es varón, lo llamaré José, porque Dios me añadirá otro hijo más, se decía. Pero cuanto más se acercaba el día del alumbramiento, más se preocupaba Jacob. Los partos son peligrosos, muchas mujeres pierden la vida tratando de regalársela a sus pequeños. Y aquella noche Jacob había escuchado las fatídicas palabras de “lo siento” en demasiadas ocasiones en su cabeza. Sería demasiado para él si perdiese a su amor así, tan de pronto, por intentar agradarle.

Pero no fueron esas palabras las que escuchó. Al poco tiempo de comenzar a escuchar el llanto del bebé recién nacido, se asomó Lea y le miró satisfecha. Que Dios te añada muchos hijos más. Raquel ha tenido un niño. Jacob sonrió ilusionado como un niño pequeño y abrió las compuertas de tela para entrar a aquel lugar donde el milagro se había cumplido. Allí estaban todas las mujeres de su casa en pie, mirándole sonrientes, junto a un gran cubo de madera lleno de paños teñidos de sangre, en el lecho tumbada aquella mujer que tan feliz le había hecho, con la cara resplandeciente, aunque devorada por el cansancio de una noche interminable y entre sus brazos una pequeña criatura rosada que acababa que venir al mundo, su llanto desconsolado era como un grito de esperanza para aquella familia.

Jacob se agachó, dio un fuerte beso a su mujer convaleciente y agarró a su pequeño con determinación, pero con cariño. Lo elevó por encima de su cabeza, mientras los berreos del bebé. Lo observó, con una media sonrisa en el rostro. Era un bebé robusto y precioso.

Dios tiene grandes cosas para ti, mi pequeño. Tu nombre será José, porque Dios me añadirá más hijos, y Dios bendecirá en gran manera a mi familia por tu mano.

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