martes, 3 de abril de 2012

Aquella semana II: Mercaderes


Normalmente ningún sistema o institución nace con intención de hacer mal, de empobrecer, de hacer daño, de robar o de matar. Lo más lógico es que nazca con intención de hacer bien, de mejorar algo que estaba corrompido, de salvar vidas, de conseguir que la situación vaya a mejor de alguna manera.

Pero, basados en la perversidad humana, no hay un sistema o una institución que no caiga en la corrupción, hasta tal punto, que después de un tiempo es prácticamente irreconocible esa bondad, esa mejora, esa bendición con la que teóricamente surgió. Y en este sentido tenemos tantos ejemplos como intentos de cambiar las cosas a lo largo de la historia.

No tenemos más que mirar nuestra democracia en pañales, que apenas lleva 30 años en funcionamiento, y ya emana un hedor repugnante. Tenemos una justicia al servicio del mejor postor. Tenemos una serie de medios de comunicación que se basan en el adoctrinamiento y atontecimiento de las masas. Tenemos un sistema económico basado en el aprovechamiento al máximo de los recursos y de los trabajadores para el beneficio de unos pocos. Tenemos un bombardeo de publicidad que intoxica todo y a todos.

Y así ha sido siempre, todo en lo que metemos las narices, acaba por pudrirse.

A veces pienso en cómo sería la primera iglesia, aquella perseguida por los romanos. Seguramente tendría muchísimos errores, pero pienso que si a alguno de aquellos valientes se les mostrara por una ventanita el oro, las joyas, las obras de arte, la grandeza artificial y superficial en lo que se ha convertido, no se lo creería. O si pudiera ver por un momento uno de esos programas “cristianos” de televisión en que no hacen más que pedir dinero y dar voces proclamando supuestas sanidades milagrosas se llevaría las manos a la cabeza y pensaría, sinceramente, y con toda la razón del mundo, que esto se ha corrompido demasiado.

El lunes de Semana Santa, Jesús se encontró con un caso bastante parecido a estos. Había una buena institución, un buen sistema, que había sido corrompido por la avaricia, por la vaciedad humana. El templo de Jerusalén, donde se supone que los judíos podían ir a que animales fueran sacrificados en sustitución por sus pecados ante Dios, se había convertido en un mercado, en un lugar destinado a ganar dinero exclusivamente. Y aquello se había corrompido hasta tal punto que ya nadie se daba cuenta de que eso estaba mal. Jesús mismo llegó a llamarlo “cueva de ladrones”.

¿Qué hizo Jesús ante tal situación?

Lo que hizo fue indignarse. Puso en relieve que aquello estaba mal, que no debía seguir así. Y actuó. Había gente que había desvirtuado lo bueno, y lo había hecho para su bien, y para el mal de los demás. Se presentó ante los cambistas y mercaderes, se hizo un látigo de cuerdas, los echó, volcó sus mesas, liberó a los animales. Actuó con seriedad, con determinación, con toda la fuerza, actuó de frente, sin ocultar sus intenciones, dejando claro por qué lo hacía, sin dejar que aquellos que estaban haciendo el mal continuaran con ello.

Son muchas las cosas que podemos aprender de su manera de actuar. Pero lo importante es que fue consciente del hedor de aquello, supo que eso que nació como algo bueno se había corrompido y ahora era malo; y actuó en consecuencia.

El mundo está lleno de estas causas. Por todos lados podemos encontrar mal olor saliendo de sitios que deberían ser buenos. Y es nuestra responsabilidad el actuar para que eso cambie.

Y cuando cambie, debemos reconocer cual es el problema de base. Debemos saber que el hombre es malvado, que somos malos, que soy malo. Porque el cambio no sirve de nada si no sale del corazón. Por eso precisamente a Jesús no se le recuerda por acabar con el comercio en el Templo, entre otras cosas porque seguramente al día siguiente estarían allí los mercaderes de la misma manera. Jesús no vino a volcar mesas, no vino a denunciar injusticias, ni a acabar con la corrupción, aunque bien es cierto que lo hizo. Jesús vino a comenzar una revolución, y como decíamos ayer, no lo hizo de la manera convencional, precisamente porque quería que fuera una revolución que jamás terminara.

Jesús actuó, sí. Lo hizo con determinación, con sinceridad y con pasión. Pero siiendo completamente consciente de que la revolución debía comenzar por adentro, por el corazón. De lo contrario, al día siguiente, al volver los mercaderes a sus puestos, todo habría terminado.

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